Jonás (mi primer cuento en español)

Jonás

(cuento escrito y dibujado para Johanna Bertóti, poeta y escritora húngara de literatura infantil)

ilustrado por: ENRIQUE QUEVEDO
escrito por: RÉKA ZSUZSANNA SIMON

En la última planta de un gris rascacielos vivía Jonás. En la ciudad abarrotada y ruidosa, la gente portaba trajes grises y trabajaba día y noche en oscuras oficinas. No tenían ganas ni tiempo de hablar uno con otro. En lugar de saludar inclinaban sus cabezas y, cuando querían indicar algo, gesticulaban tediosamente con las manos o apuntaban sus mensajes en notas. Jonás muchas veces tenía ganas de charlar con alguien. De haber podido, habría hablado sobre sus planes tejidos a lo largo de tantos años, sobre sus sueños acariciados; pero en cuanto empezaba a conversar con cualquier persona, lo miraban como si estuviese loco. Cada vez que sucedía algo así, abandonaba las calles contaminadas y se retiraba a la cima del rascacielos, en donde hablaba con las hierbas aromáticas que cuidaba en cajones de madera.
Con estas plantas compartía sus tristezas y alegrías. Después se sentaba en un rincón de la azotea, leía o miraba en la distancia. Contaba sueños, enumeraba planes.
Cada mañana se despertaba al alba, repartía los periódicos y gastaba las calles sobre su vetusta bicicleta. Cuando terminaba su trabajo, se introducía paseando en el bosque de rascacielos. Deambulaba por calles ocultas, buscaba, investigaba. Recogía todo aquello que los demás tiraban. Cuando llenaba su saco, lo arrastraba a la azotea del rascacielos y analizaba minuciosamente los tesoros adquiridos. Ponía en montículos aislados las cosas útiles y en otro montón las cosas que le servirían de algo más adelante. Limpiaba las cosas útiles, las ordenaba en cajas etiquetadas.
Por las noches se sentaba junto a sus plantas en su mesa desvencijada, extendía sus rollos de papel amarillento. Escribía, calculaba, dibujaba. Antes de irse a dormir colocaba todo de nuevo en un baúl de madera que cerraba con una llave herrumbosa.
Una noche de verano se despertó por el fuerte ruido de la lluvia. Había olvidado cerrar la claraboya. Se irguió sobre la escalera de madera para alcanzar la ventana. Sacó su cabeza en la lluvia. Sobre su mesa antediluviana advirtió el color amarillo de sus manuscritos mojados. No recordaba haberlos dejado sobre la mesa, ¿por qué no los colocó como siempre en el baúl?
Sabía que sin sus apuntes llenos de sueños todo estaba perdido. Tomó una decisión rápida, no iba a distribuir los periódicos nunca más. Se quedó en el rascacielos, salió solamente cuando tenía algo ineludible para resolver. Cada día se sentaba ante su mesita y no paraba de dibujar, escribir y calcular. Aprovechaba el estruendo y alboroto de la ciudad para estudiar sus notas, se afanaba, cortaba, martilleaba, soldaba. Siguió así días, semanas, meses.

Ilustración hecha por Enrique Quevedo

Ilustración hecha por Enrique Quevedo


Una madrugada de primavera empaquetó sus más queridos recuerdos, sus libros deteriorados, sus apreciados discos, y los llevó al terrado. Se puso en la esquina, miró hacia abajo y murmuro:
– Se acabó.
A lado de sus plantas tenía su obra maestra, la máquina inspiradora. Con un movimiento seguro abrió la puerta de su aparato. Introdujo todo lo que llevaba. Cuando tuvo sus tesoros con él, cerró la puerta. El artilugio resopló quedamente. El ingenio, un hipopótamo con un pájaro guía en su espalda, emergió del techo y dejo la ciudad en silencio.

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