Carolina Durán – Gyula Böszörményi: Toki

El Proyecto Internacional de Cuentos Allende Los Mares, Hungría
primer cuento
Traducido por Amarilla Lippai, Erzsébet Nyári y Fanni Fodor
revisado por Oscar Godoy Balil

Hace mucho tiempo, innumerables salidas del sol y una multitud de plenilunios atrás, Toki y su hermano menor jugaban en un prado. Reunían guijarros, los tiraban a un arroyo, recogían flores, se las prendían en el cabello, perseguían el viento y lo dejaban ganar, hacían correr a una chinchilla y se la ponían en el hombro, y bajo los árboles cantaban una suave canción al son de la melodía que susurraba el follaje que se extendía sobre ellos. Los dos niños estaban alegres y despreocupados hasta que un pico largo y torcido, y tras el pico una cabeza, apareció de entre los arbustos, y dos ojos relucientes de ave se fijaron en ellos con una sabia placidez.
–¡Mira Toki! ¡El maestro Ibis ha llegado a visitarnos! –gritó el chiquillo menor y se echó a correr con felicidad para capturar una rana pequeñita en el arroyo para poder regalarla a la sabia ave. Cuando el ibis bandurria salió de detrás de las hojas el niño mayor inclinó la cabeza ante la prodigiosa criatura alada.
–Sé bienvenido al campo de juegos, maestro Ibis –dijo–. Discúlpanos por si hemos alterado la tranquilidad de tu nido.
–Mi nido está lejos de aquí y temo que ahora tendré que mudarlo todavía más lejos–profirió la noble ave que hablaba tan bien la lengua de los hombres como la de las plantas y animales.
Toki aún era un niño pequeño, pero la chamán de los mapuches del valle ya había predicho en el momento de su nacimiento que su espíritu volaría en forma de águila, que su valentía sería más firme que los picachos y que le esperaba un destino que nunca dejaría apagar el resplandor de su nombre. Así que no era de extrañar que las palabras del maestro Ibis ahora lo llenaran de inquietud. Enseguida intuyó: la sabia ave, amiga de su gente, trae malas noticias.
–Te escucho, maestro. –Se sentó en la hierba dejando caer las manos en el regazo–. ¿Qué clase de peligro se acerca?
–¿Peligro? –preguntó el maestro Ibis como sin entender de qué hablaba el pequeño mapuche–. ¿Acaso ya has olvidado lo que te había enseñado?
–Recuerdo bien todas tus palabras –contestó Toki–. El mundo hasta la última brizna de hierba, desde la más diminuta hormiguita hasta los relámpagos más recios, es nuestro amigo, aun cuando a veces parezca haber cosas que nos perjudican.

Ilustración de Carolina Durán, artista chilena

Ilustración de Carolina Durán, artista chilena


–Hablas bien. –Asintió la sabia ave–. Las hormigas pueden invadir y diezmar la cosecha, lo que es malo para tu pueblo; el relámpago puede prenderle fuego al bosque e incluso puede quemar vuestras casas, lo que también os duele, pero…
–Las hormigas, gracias a nuestros productos, se multiplican y así en el próximo año serán capaces de devorar los insectos que transmiten enfermedades, protegiéndonos de la fiebre –dijo la lección Toki–. El bosque abrasado nos regala una nueva y fértil tierra de cultivo donde podemos sembrar aún más alimentos de grano dorado.
–¿Entonces hay algo que podamos llamar desgracia o peligro? –La sabia ave inclinó la cabeza hacia un lado.
–No, porque lo que es una calamidad a primera vista, puede volverse una bendición a la segunda. –La sonrisa confiada del niño relumbró– ¿Has traído entonces, maestro Ibis, una noticia que va a sonar mal pero acabará en algo bueno más tarde?
El maestro, taciturno, daba vueltas caminando alrededor del niño y movía el pico con inquietud en la hierba, como si estuviera buscando las palabras apropiadas. Cuando por fin volvió a hablar dijo algo que nunca antes había proferido.
–No lo sé.
Horrorizado, el corazón de Toki palpitó con fuerza. Nunca había nada que el maestro… ¡no supiera! ¡Pues él mismo es la plata del aire, el azul del agua, el verde de los follajes, el marrón de la tierra, el gris de las rocas, la blancura deslumbrante de las cumbres cubiertas de nieve, el espejo turquesa de la bóveda celeste, el amarillo del sol que da calor, el conocedor de todos los colores del mundo!
–¿No lo sabes? –Toki se giró sentado hacia el ibis, esperando haber malentendido las palabras que el maestro acababa de pronunciar.
–No. –Sacudió la sabia ave su hermosa cabeza–. Lo que se aproxima es raro, extraño y desconocido. Es tan diferente que no deja ver casi nada del futuro que trae consigo. Puede que os traiga abundancia, regocijo y una serie infinita de días festivos, pero también puede que llegue con incendio, enfermedad y dolor. Hay una sola cosa que sé de él con toda seguridad: cree que todo pero todo en el orbe de la tierra es solamente suyo y que él existe para que reine sobre este todo.
Toki tuvo que considerar esto detenidamente. “¿Todo es suyo? ¿Pero cómo podrían ser la tierra, el agua, la brisa juguetona y la tormenta violenta, los árboles, las hierbas, el murmullo silencioso de las flores, el rumor del arroyo, la veta de la piedra lisa, el suave paso de los venados o el vuelo zumbón de los colibríes… de alguien? ¡Que el murmullo es de las flores, el rumor es del arroyo, el zumbido es del colibrí; lo más que el hombre puede hacer es admirarlos!”
–Tienes razón. –Empezó a hablar el maestro Ibis, como si hubiera escuchado los pensamientos de Toki–. Pero el que se está acercando todavía cree que él reina sobre cada persona y cada cosa en el mundo. Te recomiendo que seas comprensivo con él, que esto muestra lo insensato que es el pobre. ¡Cuidado, ya viene!
Y realmente, desde el este, donde el sol se suele despertar, un pataleo feroz se oía cada vez más cerca. Toki en principio creyó que el que venía golpeaba un tambor chamánico anunciando: “¡Preparaos, que estoy viniendo!”. Pero pronto se dio cuenta de que estaba equivocado. ¡El desconocido caminaba en cuatro patas gigantescas y sus pezuñas eran las que retumbaban como si sonara toda una serie de tambores! Toki miraba asombrado al enorme ser prodigioso. El cuerpo del extraño tiraba centellas con el reflejo de la luz del sol, su enorme cabeza exhalaba vaho, una cola larga espantaba las moscas de su grupa musculosa, y en su dorso cargaba a otro ser, de dos piernas, exactamente de la misma manera que los niños mapuches llevan sus chinchillas favoritas en el hombro.
La criatura frenó su marcha golpeando el suelo fuertemente con sus cascos, se detuvo y dio un bufido. Toki inclinó la cabeza delante de él y mirando a sus dos grandes ojos marrones dijo:
–Bienvenido, extraño. Dime, por favor, ¿qué te trae por aquí donde nosotros los mapuches solemos jugar con el arroyo, con las piedras, con los árboles y con nuestros otros hermanos?
Entonces pasó un milagro que ni el niño esperaba, aunque él había sido enseñado sobre los secretos del universo por el sabio maestro Ibis. En vez del enorme extraño, respondió el ser pequeñito que montaba en su dorso mientras que el mayor se inclinó hacia abajo y… ¡se puso a mascar hierba!
–Traigo una carta –dijo entonces el de cabeza pequeña con la luz del sol centelleando sobre él.
–¿Una carta? –Se sorprendió Toki y miró a su alrededor–. Conocemos este lugar lo suficientemente para no perdernos sin un mapa.
–¡Indio inepto! –Se indignó furiosamente el de arriba–. ¡Traigo la carta, es decir, el mensaje de mi dueño!
Toki echó una mirada al extraño que seguía paciendo, mas no se atrevió a preguntar por qué no entregaba el mensaje él mismo, ya que estaba aquí. “Seguramente tiene mucha hambre –decidió al fin el niño –, por eso le ha encargado esta tarea a la chinchilla hablante que lleva en su dorso.”
–A ver, ¿cuál es el mensaje? –preguntó.
–¡En el nombre de su majestad, el monarca español, a partir de ahora esta tierra es nuestra y los mapuches tienen que irse de aquí! –voceó el que montaba en lo alto.
Toki, cavilando, miraba el suelo marrón debajo de sus pies, y no conseguía entender lo que acababa de escuchar.
–Si os lleváis la tierra de aquí, ¿en qué echarán raíz los árboles, dónde fluirá el arroyo y por dónde andarán las piernas del hombre? –preguntó apaciblemente.
–No llevamos nada para ninguna parte –contestó el de cabeza pequeña con aire arrogante desde el dorso de su dueño–. ¡Vais a ser vosotros los que tienen que irse, porque a partir de ahora nosotros vivimos aquí, en esta tierra!
Estas palabras disparatadas empezaban a no gustarle a Toki. Justamente pensaba dar un paso hacia el desconocido y convencerlo para que dejara de mordisquear la hierba, y que le hablara él mismo en vez de la pequeña criatura montada en su dorso, cuando su hermano apareció de entre los árboles. El pobre corría de prisa con sus piernas pequeñas, revolvía los brazos y llevaba algún objeto brillante que le cubría toda la cabeza y era igual a la cosa que tambaleaba en el coco del sirviente del extraño. El chiquito exclamó con voz resonante:
–¡Ay de nosotros, todo se ha oscurecido! ¡Alguien ha robado el sol!
Toki lanzó una mirada al montado que se carcajeaba tan fuerte que parecía que se iba a caer desde el dorso de su amo. Mientras tanto, aún más desconocidos aparecieron del bosque. La criatura transportada por uno de ellos tenía la cabeza sin cubrir. Le faltaba aquel objeto brillante que estaba apretando la cabeza del hermano de Toki.
El joven mapuche comprendió enseguida qué burla malvada le hicieron los recién llegados a su hermanito. Dio un paso decidido y, con un movimiento rápido, quitó la cosa ajena de la cabeza de su hermano…
–¡Ah, el sol ha retornado! –chilló aquél con felicidad.
…luego lo cogió de las manos, y se precipitó con él al bosque. Mientras estaban corriendo, el maestro Ibis apareció sobre ellos y los miró con ojos interrogantes.
–¿Ya sabes qué vas a hacer ahora, Toki?
–Lo sé –contestó el niño y en sus ojos llameaba un fuego puro y salvaje–. ¡Hasta el último latido de mi corazón defenderé esta tierra para que nunca puedan volver a robar el sol de su cielo!
Así se convirtió Toki en el guerrero más grande del pueblo mapuche, y así se volvió el niño el eterno defensor de los árboles, el viento y la luz de la luna, de las montañas orgullosas y las pendientes apacibles.

El cuento en húngaro AQUÍ

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