Viive Noor – Ágnes Mészöly: Sira y Drisnavar

El Proyecto Internacional de Cuentos Allende Los Mares, Hungría
Traducido por Amarilla Lippai, Erzsébet Nyári y Fanni Fodor

El País de los Lagos Azules estaba escondido entre montañas que se alzaban hasta el cielo. En el mundo no se conocía otro lugar tan rico y feliz: gráciles cisnes blancos como la nieve paseaban en los lagos azul turquesa, mientras a orillas del lago la gente cultivaba la tierra con sonrisa tranquila. Los cisnes guerreros protegían muy eficazmente las fronteras del imperio con sus picos afilados y alas enormes. Desde que existían palabras para contar historias, el enemigo no había entrado en el país, a pesar de que numerosos pueblos querían dominar este valle maravilloso. La gente apreciaba y respetaba los pájaros: los ayudaron con todos los bienes en el tiempo de paz, y durante las guerras les preparaban corazas ligeras pero invulnerables.
Un rey especial reinaba en el país, cisne en cuerpo humano, y humano en cuerpo de cisne, que cambiaba de forma y de piel. Esta capacidad del rey, que se heredaba de padre a hijo, era el símbolo y la garantía de la alianza entre los dos pueblos. Su palacio, en que vivían cisnes y humanos, estaba en una isla flotante. Y en la habitación más espléndida vivía el rey y su bellísima esposa.
Su único hijo, Drisnavar, quien ya había dejado atrás los tiempos fabulosos de la infancia, dirigía las batallas en la frontera del este. No había nadie que fuera más valiente en el país, todo el mundo le respetaba y quería, porque tenía un corazón amable y un alma como la superficie de los lagos azules en calma chicha.
Un día el rey llamó a su hijo. Drisnavar voló displicente desde los puertos de montaña y sacudió las plumas coceando delante del trono de su padre y su madre.
–¿Qué es tan importante, Su Majestad, que me habéis hecho llamar? –preguntó impaciente–. Las batallas se han recrudecido, el ejército necesita un jefe.
–El ejército tiene numerosos jefes –contestó su padre–, pero el país tiene sólo un príncipe heredero. Tú tienes tareas más importantes.

Ilustración de Viive Noor, artista estoniana

Ilustración de Viive Noor, artista estoniana


–Ya somos viejos y pronto tú tomarás nuestro lugar. –Añadió su madre–. Sin embargo, antes de la coronación, tienes que buscar una esposa. Tienes que irte allende las montañas y traer una mujer de tierras foráneas como tu padre y su padre lo hicieron.

–¿Pero cómo puedo saber quién es mi media naranja? –preguntó Drisnavar.
–Seguro que tu corazón te lo dirá. –Le calmó su madre.
–Tienes bastante tiempo para buscar. –Le animó su padre–. Puedes vagar durante tres años hasta que encuentres tu pareja. El país te espera para la mitad del verano del tercer año. Pero no lo olvides: no puedes dejarte ver en forma de cisne ante de ninguna chica. Si tu pareja te besa las plumas antes de la boda, las perderás para siempre.
Drisnavar escuchaba a sus padres con cabeza gacha. Sabía de las leyendas antiguas que más pronto o más tarde llegaría este día cuando él también tendría que marcharse, como sus antepasados. Por primera vez en su vida, una tarea le inspiraba miedo.
–¿Y si no tengo éxito? –preguntó despacio.
–Nuestros pueblos se caerán en el caos y nuestro país se perderá –respondió sombrío su padre.
Drisnavar se marchó con un cortejo espléndido. En el primer año recorrió el mundo desde el norte hasta el este, desde el oeste hasta al sur. Señoritas de palacios maravillosos competían por una única mirada suya, le invitaban los reyes más poderosos y le ofrecían alojamiento los comerciantes más ricos. Pero las fiestas, los recibimientos, las chicas vestidas de seda y encaje, las sonrisas humildes y guiños coquetos eran en vano –el corazón de Drisnavar no latía más rápidamente.
A comienzos del segundo año el príncipe mandó su cortejo espléndido a casa. Dio su caftán engalanado y la brida adiamantada de su corcel al primer mendigo, y mantuvo en secreto su propósito y origen en todos los lugares. Dormía bajo el cielo, en cuevas o en cuadras. Entablaba amistad con hijas de campesinos, con criadas, con comicastros y carteristas, pasaba su tiempo con hadas tabernarias, charlaba con chicas burguesas de estrictas morales, pero todo era inútil: su corazón latía flemático.
En el tercer año volvió a vestirse con su ropa de príncipe y, aunque continuó su viaje solo, se puso a buscar solamente en los lugares más peligrosos y abyectos del mundo. Visitaba demonios, brujas y magas, sus amigos eran gnomos y niños deformes. Sabía que hasta la bruja más poderosa se desprendería de todo su poder por una sola palabra de él, pero era inútil: no encontró a nadie que le gustara.
En la primavera del tercer año decidió regresar a casa con tristeza. Tuvo que atravesar un valle infame y allí, donde el valle era el más profundo, vio un pantano oscuro. Como anochecía, Drisnavar desmontó y se durmió bajo un roble.
El día siguiente, cuando abrió sus ojos por la mañana, vio a una chica preciosa que estaba en el centro del lago negro. Estaba en el agua hasta la cintura y se peinaba el pelo largo y negro como el ébano. Su cuerpo estaba cubierto de una ropa de color verdín, sus rizos se hundían en el lago, ondeaban juntos, y cabrilleaban con el agua oscura.
La chica era tan bella que Drisnavar primero pensó que estaba soñando. Su corazón palpitaba tan rápido como si quisiera fugarse o correr.
–Soy el príncipe Drisnavar, el heredero del trono del País de los Lagos Azules –dijo mucho después–. ¿Quién eres tú, preciosa?
La chica, sin mirarle, le contestó:
–Soy Sira, la hija del pantano. Solo por mi benevolencia has podido sobrevivir hasta la mañana. Te has acercado a mi imperio peligrosamente, y si yo no le hubiera ordenado a regresar, el cenagal te habría tragado.
Drisnavar guardó silencio embarazado, y solo continuó admirando a la chica que estaba peinándose. En cambio, a la chica le molestaba cada vez más que el chico estaba mirándola.
–¡Vaya! No te quedes mirándome como una vaca tonta que está hundiéndose en el pantano. ¡Márchate mientras puedes!
Pero Drisnavar no quiso partir. Le dijo a Sira por qué estaba allí, se inclinó y dobló una rodilla en la orilla del pantano, y le pidió que fuera con él al País de los Lagos Azules.
–¡Vaya! –Rio Sira– ¿Por qué iría de mi imperio a cualquier lugar con un principete inconstante?
Drisnavar, pues, le insistió en que la amaba con todo su corazón hasta que Sira se compadeció de él.
–De acuerdo, me voy a casar contigo, si puedes cumplir con tres pruebas. La primera: Pasa este día aquí, en la orilla de este pantano. En cuatro horas mis amiguitos, los mosquitos, se levantarán. Te picarán e intentarán expulsarte. Ten cuidado, porque no puedes matar a ninguno de ellos. Si por la mañana todavía estás aquí te diré la segunda prueba. –Sonrió con sorna y bajó en el pantano.
Drisnavar estaba confuso, pero no pensó en huir. Cuando los mosquitos llegaron, solo se convirtió en cisne, puso su cabeza debajo de su ala, y las plumas le protegieron de las picaduras.
Sira descansaba tranquilamente en su palacio debajo del pantano. Sabía que la picadura de los mosquitos no solo causaba dolor, sino también olvido. Después de algunas horas, Drisnavar no recordaría ni siquiera qué hacía en la orilla y volvería a casa, como muchos jóvenes antes.
Así que, el día siguiente se sorprendió mucho, pues, subiendo encima del barro negro, vio al príncipe.
–He cumplido la prueba. Dime qué más debo hacer para ganar tu mano.
–Allí, arriba, la cumbre de la montaña se ha vestido de blanco. Para la madrugada, tráeme nieve para que vea de cerca cómo es –respondió la chica, y volvió a esconderse en el profundo pantano.
Drisnavar sonrió seguro de sí mismo al oír la demanda.
Sira zanganeaba a la vez tristemente y aliviada en su palacio. Sabía que no había nadie quien pudiera subir la montaña y volver en un día, y aunque este chico lo lograra, la nieve se derretiría en su mano. Se lamentaba por el chico con todo el corazón, pero sabía que sería mejor para ambos si él fracasaba.
Drisnavar se puso en camino justo antes de la puesta del sol. Cambió su forma a cisne, voló hasta la cumbre más alta, allí llenó su alforja con nieve fresca y no empezó a bajar hasta que los rayos de la madrugada ya habían pintado de rojo pálido el cielo del este.
Sira aceptó espantada el gran puñado de nieve. Con una sonrisa agria puso la bola blanca al agua negra y barrosa, y miró tristemente cómo se desvanecía.
–La tercera prueba es la siguiente: vete al castillo de las hadas gentiles. Ellas guardan mi vestido de novia. Si me lo traes para mañana, nada impedirá nuestro matrimonio.
Drisnavar se marchó lleno de esperanza, mientras Sira corrió a toda velocidad a su palacio, y pasó todo el día y toda la noche llorando y gimiendo. Sabía que la belleza de las hadas gentiles embrujaba a todos, y estaba segura de que Drisnavar nunca volvería. Pero, como le quería con todo el corazón, rogó a la vez a los dioses del cielo, de la tierra, del aire y de las aguas para que Drisnavar encontrara una chica que pudiera llevar como esposa al País de los Lagos Azules.
Sin embargo, el joven estaba en la orilla del pantano con el vestido de novia blanco decorado de plumas.
–¿No has considerado las hadas gentiles más bellas que yo? –preguntó tristemente Sira.
–Les he considerado más bellas –contestó el príncipe. –Pero en mi corazón no hay lugar para otra. He cumplido las pruebas, pues, te toca a ti. Ven conmigo para ser la reina de mi país.
–Lo siento, Drisnavar, te mentí –dijo Sira con cabeza gancha. Te amo, pero no puedo ser tu esposa. El pantano fue el que me dio a luz, y el pantano no deja a nadie: en el momento de ponerme los pies a su orilla, me moriría.
Drisnavar primero se quedó petrificado y luego arrebatado. Al final, se dio cuenta de la solución: en forma de cisne no se hundiría ni en el agua ni en el pantano, nadaría hasta su mujer, la pondría a su espalda y así podrían escaparse sin que el pie de Sira tocara la orilla.
La chica aunque tenía miedo, consintió. Miraba con ojos asombrados que el joven se convirtió en un pájaro enorme, caminó a pasitos en el agua, y luego nadó elegantemente hacia ella. Llena de esperanza, abrazó su cuello y Drisnavar la ayudó a subir a su espalda con sus alas fuertes. Subieron del pantano hacia el cielo. Sira, aturdida por la felicidad, besó al cisne y Drisnavar recordó de repente la advertencia de su padre. Pero ya era tarde: las plumas empezaron a caerse de su cuerpo, y el pájaro volvió a convertirse en humano. Al convertirse, el príncipe cayó al pantano negro y el barro le arrastraba y arrastraba a lo profundo. Sira intentó mantenerle arriba, pero el pantano era más fuerte, y el príncipe del País de los Lagos Azules se ahogó allí, en los brazos de su pareja.
Sira, la hija del pantano, lloró y lloró hasta que sus lágrimas se agotaron. Pero no solo perdió las lágrimas, sino también la luz de los ojos, así que no pudo ver que las plumas de Drisnavar se convertían en flores puras y perfectas en la superficie del agua negra del pantano.
Desde entonces los lotos blancos nos recuerdan el amor de Drisnavar y Sira.

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