Javier Zabala – Julianna Imola Szabó: Michi Maúllo

El Proyecto Internacional de Cuentos Allende Los Mares, Hungría
Texto traducido por Busi Zombory
Revisado por Oscar Godoy Balil

Lengüita de gato. Riña de gatos. Bigotes de gato y un chaquetín. Llegó la noche, lenta, con los hombros cargados de tantas estrellas. Todo dormía, pero Michi Maúllo seguía despierto. No se le querían cerrar los ojos. Es decir, a lo mejor sí querían, pero solo uno. Y al otro no sabía por dónde buscarlo. El pícaro azulado se había escapado otra vez. Casi siempre iba a visitar a su mejor amigo, Javier, que vivía en León. No le importaba la enorme distancia, solo tenía que pensarlo y ya estaba allí. A ese ojito izquierdo le encantaba ver mundo. Había estado ya en un jardín japonés, en el circo ruso, en bicicleta por Suecia y en una heladería italiana. Las ganas implacables y su enorme curiosidad lo llevaban por todas partes. Mientras, Michi Maúllo podía quedarse esperándolo. Se acomodaba en el tejado caliente a esperar. Maullaba a veces, un poquito, y seguía sentado. Al ojito izquierdo le encantaba llegar tarde. Michi Maúllo ya le había dicho qué tipo de ojo era, que no llegaba a casa hasta la sonrisa plateada de la luna ni hasta el resplandor de las estrellas. El ojito izquierdo se reía y se arrebujaba junto al derecho. Muy tranquilos, se frotaban los párpados y se quedaban dormidos. Nunca peleaban. Solo una vez, cuando el doctor quiso recetarle gafas a Michi Maúllo porque había confundido la leche con las espinacas en la bolsa de compras de doña Miriam. Se asustaron los dos ojitos, ¿un gato con gafas?, y desde entonces no se empañaron más.

Ilustración hecha por Javier Zabala, artista español

Ilustración hecha por Javier Zabala, artista español

Se estaba haciendo tarde y el ojito aventurero no llegaba. Cuando iba a visitar a Javier, tardaba más de lo normal. Porque en la casa de Javier había olor a pintura y los pinceles cantaban, apoyados unos en los otros.

Allí el rojo aparecía sentado sobre la tela en manchas como ladrillos, con las patas tenues colgando. Los paraguas se agarraban de las señoras y caían negros hacia la tierra. Ahí el elefante era pequeño y las personas gigantescas. Niñas morenas de papel leían ensimismadas sus libros y una zorrita tímida olisqueaba la entrada del bosque. Allí podía ver lo que quería. Un pájaro en la rama o nalgas de señoras sin falda. Colores y sueños, cuadros por todos lados. Cómo iba a tener ganas de volver. La vida podía ser tan cotidiana y aburrida sobre la nariz de Michi Maúllo.

Mientras tanto, Michi Maúllo consolaba a su ojo derecho que, asustado, estaba por ponerse a llorar.
–¡No me quiere! –Repetía angustiado, sonándose la nariz.
Michi Maúllo trataba de tranquilizarlo. A veces no entendía cómo podían ser hermanos estos dos ojos tan diferentes. Uno que ni se movía, el otro queriendo conocer mundo.
–Me gusta tanto cuando llega a casa y me cuenta lo que vio. Me lo cuenta tan bien, que yo no tengo que moverme de aquí. Lo veo igual. –Suspiró el ojito hogareño.
Michi Maúllo se agarró la cabeza, se atusó los bigotes. ¡Qué par de ojos tan complicados le habían tocado! Pero antes de que pudiera decir nada, llegó sin aliento el ojito viajero, trepó de un salto la nariz y se acomodó en su lugar. Los dos hermanos se miraron en silencio. Michi Maúllo dijo miau bostezando, contento de poder por fin cerrar los ojos.

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