Juan Chavetta – András Dániel: Reyes

Beyond the Seas, International Fairytale Project in Hungary
El Proyecto Internacional de Cuentos Allende Los Mares, Hungría

Traducido por Enikő Mészáros y Judit Rozsnyai
Revisado por Oscar Godoy

Estaban allí seis. Juan I, el rey de Aun Cuando, Juan II, el dueño perpetuo de De Lo Contrario, Juan III, el dueño del trono del glorioso y grandioso A Lo Mejor, Juan IV, el monarca de Pues Sí, Juan V, el soberano de Una Vez Para Siempre, y Juan VI, el rey de Vaya Exterior e Interior. Era una noche hermosa, las estrellas brillaban en el cielo como pequeños clavos diamantinos.
–¿Todos están aquí? –preguntó Juan III. No podía resistir más, llevaban esperando casi una hora sin decir una palabra.
–Casi todos –dijo Juan V desde detrás de una haya.
–Mejor dicho, alguien que todavía falta. –Gruñó Juan I–. ¿Quién es?
–Yo estoy aquí –murmuró Juan VI bajo del follaje negro de un roble.
–¡Yo también! –dijo Juan II, que se apoyó contra la cepa de un aliso.
–¡Y yo también! –Añadió Juan IV desde el pie de un olmo.
–Pues si lo entiendo bien, esperamos a Juan VII. –Constató Juan I.
Todos guardaron silencio. Sólo unos pequeños chasquidos rompían el silencio, tal vez la noche escudriñaba con sus curiosos dedos negros entre los matorrales.
–Es interesante. –Empezó a hablar Juan III. Esa noche estaba bastante hablador.
–¿Qué es interesante? –le preguntaron los otros casi al mismo tiempo.
–Que todos tengamos el mismo nombre. Es bastante raro ¿no creen?
–Creo que no es sorprendente para nada –dijo Juan I–. He leído recientemente que según algunos cálculos, las crónicas cuentan con no menos de ciento treinta y siete reyes con el nombre Juan. Eso sin considerar los virreyes. ¡Y es sólo en el continente, Señores míos!”

Ilustración hecha por Juan Chavetta, artista argentino

Ilustración hecha por Juan Chavetta, artista argentino


–¡Es casi un ejército! –Silbó con admiración Juan II.

–Lo que quiero decir es que hay tantos Juanes. Es raro –dijo Juan III. Echó un vistazo a los otros pero no vio nada más que sus barbas blancas clareando en la oscuridad.
–Quizás es solo una casualidad –dijo Juan V, rey de Una Vez Para Siempre–. Pero hay que reconocer que este nombre no está mal. Es adecuado para un rey. No es como, por ejemplo, el nombre Luis.
–¡O Enrique! –Exageró Juan II.
–¡Leopoldo! –ululó Juan VI desde detrás de la haya.
Se oían risas contenidas desde todos los lugares en la oscuridad. Al final, la luna también apareció detrás de los árboles como si quisiera sumarse a la conversación.
–¿Pues hasta cuándo esperamos? –preguntó Juan VI reprimiendo un bostezo. Ya era tarde.
–Creo que no vendrá –opinó Juan III–. Cambió su opinión.
–A veces es difícil dejar el trono –suspiró Juan I, el rey de Aun Cuando.
–A menos que la gente ayude un poco –añadió irónicamente Juan II, el dueño perpetuo de De Lo Contrario.
–Por ejemplo, un usurpador. –Se burló Juan V–. ¿No es verdad? Una pequeña conspiración astuta…
–¿No será esto una indirecta? –Gruñó Juan I.
–¡No! ¡Qué va! Nada más lejos de mi intención…
–¡Señores míos, por favor! –les amonestó Juan VI, el rey de Vaya Exterior e Interior.
–Pero hay casos cuando sólo simplemente uno se harta sin motivo –meditó Juan II–. A veces una nimiedad es suficiente. Por ejemplo un dragón llegado por casualidad o algo similar…
–¡Ay, ni lo mencione! Yo dije ¡basta! después del trigésimo segundo dragón de siete cabezas –gimió Juan IV–. Cómo me aburría, ¡Dios mío! ¡Y había tantos jovenzuelos! Qué descarados eran estos muchachitos… ¡que en seguida lo vencerán! Que al poco cortarán las cabezas, zac zac zac, y las llevarán a mi trono, etc. ¡Claro! Porque todos quieren ser reyes. Siempre es lo mismo…
–¡Quieren la mitad del reino! –Gruñó Juan III–. ¡Y la mano de mi hija! ¿Y qué más?
–¡Qué lo disfruten! –Reía Juan II–. Piensan que si se ponen corona en la cabeza y manto en la espalda, sin ton ni son ya son reyes.
–Como si fuese pan comido ser rey, una nadería… ¡Si lo supieran! –Hizo un gesto de resignación el monarca de Pues Sí.
–¡De acuerdo! –Sacó Juan VI la cabeza por entre las ramas de la haya–. ¡No tienen ni idea! ¡Si consideramos sólo el ir y venir constante y nada más! Y todos los gandules de la corte… No es posible dar un paso sin topar con ellos.
–¡Cortesanos! ¡Aduladores! ¡Principitos estirados! –Lamentó Juan V–. ¡Me habría gustado hacer que se los comiese algún monstruo de buen apetito!
–Los dragones, colega, tienen mucho mejor gusto. –Interrumpió Juan I–. Ellos siempre quieren sólo las princesas…
–¡Pues claro! ¡La princesa! –Resopló Juan II–. De este modo mi real padre, de tal manera mi real padre… Le vuelve a uno loco este gimoteo constante. ¡Nada está bien para ellas, nunca! ¡Nada ni, sobre todo, nadie! Casi no podía inventar suficientes pruebas irrealizables para deshacerme de los incontables caballeretes a los que había dado calabazas. No es que les compadezca tanto pero, por favor, es una exageración.
–¡Los pretendientes! –Suspiró resignado el rey de Pues Sí–. ¡Devoran toda la comida y además hay que entretenerlos! ¡Hay que charlar con ellos inteligentemente! ¡Y los innumerables bailes! ¡Y los torneos!
–No sé Ustedes qué pensarán, pero yo no soporto los torneos para nada. –Movió la barba Juan IV–. ¡Ponerse la armadura! ¡Subir al caballo! ¡Bracear con aquellas enormes lanzas! Me alegra que esto se haya acabado.
Una nube tapó la luna. El bosque se oscureció completamente para un momento, mientras soplaba el viento fresco entre los árboles.
–Además –dijo Juan II, el dueño De Lo Contrario–, está el pueblo.
–El pueblo… –Se oían gruñidos desde los árboles.
–Sí, verdad –meditó Juan V–. Para ser sincero, me harté del pueblo más que de nada. Es tan, no sé…
Se calló.
–El pueblo es tan… raro –murmuró para sí mismo Juan I–. Siempre hace cosas incomprensibles. Vocea, pulula, tanto si es necesario como si no…
–Y cuando está callando, es tal vez peor. –Añadió Juan IV, el rey de Pues Sí.
–Y no sé… siempre está en todos los lugares –dijo Juan III–. ¡Como si no tuviera nada que hacer! Puedes ir donde quieras, el pueblo siempre está de pie al lado del camino, hace señales, curiosea boquiabierto alrededor del palacio, va y viene, grita y se atropella. Y, cuando recibe oro, simplemente… De hecho, es como si nunca hubiera visto oro…
–Y se queja, siempre se queja. –Suspiró Juan I–. El pueblo… Cuando hay sequía, este es el problema; si llueve mucho, pues eso otro. Si viene el dragón o el gigante come-hombres, ya es otro problema. Pero si no viene, tampoco está bien porque no llegan los caballeros extranjeros. La falta de ingresos, además…
–¡Exacto! –Aprobó Juan V–. Y cuando se rebelan, ¡eso sí que es ridículo!
–Podría contar unas cosas –Gruñó Juan II.
La luna iba trepando cada vez más alto en el cielo, como un gato plateado, brincaba de rama en rama con suaves pasos, subiendo sin parar.
–Se acerca la medianoche –Afirmó Juan V–. ¿Esperamos más?
–Creo que mejor que empecemos –opinó Juan III, el rey glorioso y grandioso de A Lo Mejor.
Todas las barbas se dirigieron hacia Juan I.
–Pues, vale. –Inclinó la cabeza canosa el monarca de Aun Cuando. Tosió y salió al pequeño claro rodeado de árboles–. ¡Señores míos! –dijo en voz alta–. Ahora, como monarca decano, declaro que nosotros, Juanes I, II, III, IV, V y VI, de acuerdo común y bien pensado, fundamos el Reino de los Siete Árboles.
–¡Viva! ¡Viva! –Se escuchó la voz del resto en la oscuridad.
Juan I quedó callado.
–¿Esto es todo? –preguntó Juan V desde debajo del follaje de la haya.
–Más o menos. –Afirmó Juan I–. De las grandes palabras, creo, todos estamos hartos. Recomiendo seguir con la constitución.
–¡Así es! ¡Nada de rodeos! –Aprobaron los demás.
–Entonces, –Empezó Juan I–. Según lo convenido, los lunes desde las cero horas hasta medianoche seré yo el rey…
Se escuchó de nuevo un murmullo afirmativo entre los árboles.
–Los martes, igualmente, entre las cero horas y medianoche será Juan II el monarca. A él lo reemplazará en la madrugada de los miércoles Juan III. Los jueves le sucederá Juan IV, los viernes, lógicamente, el rey será Juan V. Los sábados, Juan VI, y finalmente…
A Juan I aquí se le cortó la palabra.
–Y aquí tenemos un problema –dijo–. Como Juan VII no está entre nosotros…
–…no tenemos rey para los domingos. –Terminó la frase Juan II.
Un silencio indeciso cubrió el prado. Un pájaro nocturno pasó por encima del claro con un aleteo ruidoso.
–La solución es muy sencilla –Abrió la boca Juan III–. Si no hay rey para los domingos, entonces ese será el día sin rey. El día en que todos descansamos.
–El Reino está cerrado –dijo Juan V sonriendo.
–Día libre. –Añadió alguien con alegría.
–Bueno, así será. –Aprobó Juan I– ¿Por qué no? Entonces afirmamos: los domingos no reina nadie. ¿Estamos todos de acuerdo?
Las cinco barbas se movieron arriba-abajo aprobando la afirmación.
–Perfecto, Señores. –Inclinó la cabeza Juan I–. Quizás unas palabras más sobre nuestro imperio recién nacido…
Puso su mano en su bolsillo y sacó un papel doblado. Lo levantó para que la luz de la luna lo iluminara y empezó a leer:
–Uno. El Reino de los Siete Árboles es tan grande como es. No desea ser mayor nunca porque está bien así. Dos. Mientras uno de los monarcas del Reino reine, los demás deben pasar su tiempo vagueando o lo que les dé la gana.”
–¡Viva! –Interrumpió gritando uno de los reyes.
–Tres. –Siguió Juan I–. Los monarcas del Reino de los Siete Árboles no quieren nada de nadie, ni tampoco quieren que nadie pida nada de ellos. Qué les dejen en paz, si es posible. Cuatro. Todos los monarcas del Reino renuncian a todos sus títulos y rangos que tenían fuera del territorio del Reino de los Siete Árboles. Punto.”
Miró alrededor.
–Creo que esto es todo.
–¿Algo sobre los súbditos? –preguntó Juan VI.
–Ah, sí –dijo Juan I–. Pues, súbditos… no existen.
–Yo acabo de ver una comadreja. –Bromeó Juan II.
–Puedes contratarla como mayordomo –Le dio con el codo Juan IV, hasta entonces monarca de Pues Sí.
Juan I. se aclaró la garganta.
–Entonces, Señores, ya estamos –dijo, y metió el papel en su bolsillo–. Creo que hemos hecho un buen trabajo.
–Merecemos el descanso –Inclinó la cabeza Juan VI, rey prístino de Vaya Exterior e Interior, e hizo crujir su cintura.
–La primera noche tranquila –se estiró Juan III, el antiguo rey glorioso y grandioso de A Lo Mejor.
Un murciélago pasó por encima del prado. Durante un rato pasó solamente de un árbol a otro árbol, luego dio una revuelta y cruzo el claro y desapareció en la oscuridad.
–El murciélago trae suerte, ¿no? –masculló en voz dormida Juan V, pasado Señor sabio de Una Vez Para Siempre.
Después ya no abrió la boca ninguno. La luna pasaba despacio encima del follaje, mientras ellos estaban abajo, dando la espalda al tronco de los árboles, y quedaron escuchando el silencio quieto de la noche.

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