Miguel Carvalho – Edina Kertész: La suerte de Abejorro

Beyond the Seas, International Fairytale Project in Hungary
El Proyecto Internacional de Cuentos Allende Los Mares, Hungría

Traducido por Gabriella Zombory
revisado por Oscar Godoy
Antes, el mundo era muy diferente. No había países ni fronteras, y así todos tenían playa. Bueno, si vivías en medio del continente tenías que viajar muy, pero muy lejos en el tranvía tintineante para llegar, ya que, por cierto, en esos tiempos los tranvías rojos pasaban por cada rincón de la tierra.

Había rascacielos por todas partes. Para ahorrar espacio eran de doscientos pisos, y para ahorrar aún más espacio se ponían las escaleras por fuera. Si hacía mucho viento había que agarrarse bien fuerte de las barandillas para que a uno no se lo llevara, y por las tardes con mucho viento las personas cogidas de las barandillas ondeaban en lo alto como pequeñas banderitas coloridas. Nadie le tenía miedo a las alturas. Es más, gritaban alegremente; cuanto más fuerte soplaba el viento, tanto más alegremente. Si soplaba mucho, traía consigo risas y alaridos de todas partes, así de alegre era todo antes.

La gente también era diferente, no se preocupaban tanto por la ropa. Todos llevaban traje de baño para que si les daba por nadar en el mar porque, digamos, las olas eran adecuadas para hacerlo, pudieran tirarse al agua enseguida.

Ilustración hecha por Miguel Carvalho, artista portugués

Ilustración hecha por Miguel Carvalho, artista portugués

Todos tenían la piel color canela, estaban bien bronceados por hacer todo al aire libre; sólo iban a los rascacielos para dormir. Pero también podía ocurrir que colgaran sus hamacas entre dos rascacielos y durmieran allí, escuchando el chirriar de las cigarras y contemplando el centelleo de las estrellas.

Pero lo más raro de todo es que en este mundo de antes no había letras. Como no tenían otra cosa que hacer, los niños en las escuelas no hacían más que jugar todo el día y los adultos tenían trabajos como, por ejemplo, agujereador de calcetines, lanzador de bolitas de papel, o competidor de volteretas.

No había libros ni periódicos. Las noticias del día las tocaban músicos en sus guitarras, uno de ellos era un músico callejero llamado John Lennon, a quien le gustaba pasar su tiempo al borde de un parque diminuto entre dos rascacielos. Tocaba noticias como, por ejemplo, esta:

“El señor Ben de las escaleras ayer se cayó
en su trasero cuando por ellas bajando se resbaló,
el ministro de escaleras formuló un decreto sin más,
desde hoy podrá bajarse por ellas sólo hacia atrás.”

Esto provocó muchas complicaciones, porque bajar las escaleras hacia atrás resulta bastante cansado, podéis probarlo, ¡ya veréis! Pero un decreto es un decreto, y hay que respetarlo.

No había libros de cuentos. Pero eso no era ningún problema, porque los adultos hacían una sesión de cuentos todas las tardes entre las tres y las cinco, y les contaban a sus hijos los cuentos que habían escuchado aquel día en la panadería o en la gasolinera.

No había certificados, ni boletines escolares, ni diplomas, ni títulos, así que no se podía saber quién era listo y quién menos; y por eso tampoco había discusiones sobre el tema.

Vivía en estos tiempos un chico llamado Abejorro, que recibió su apodo por ser un chico robusto, de mucho pelo negro oscuro, que siempre llevaba un traje de baño de rayas amarillas y negras. Abejorro se pasaba los días tendido en la arena de la playa, dejaba que las olas le lamieran los pies como un perro excepcionalmente amistoso, e inventaba historias muy, muy largas. Más tarde contaba estas historias a sus amigos, que las pasaban a sus otros amigos y ellos a otros. El único problema era que a Abejorro siempre se le ocurrían nuevos cuentos que expulsaban los anteriores de su cabeza, simplemente no podía recordarlos todos.

Un lunes por la mañana, mientras Abejorro estaba tumbado en la playa, sintió que una p se estrellaba contra su frente. Abrió los ojos sorprendido, porque estas cosas no le pasan a uno cada día. La letra no era dura, sólo como un grano de arroz medio cocido, y su tamaño también era parecido. Estaba allí, al lado de Abejorro, en la arena. El chico la cogió en su mano y la examinó boquiabierto. Pero antes de que pudiera adivinar qué era eso que tenía en su palma, ya habían caído varias letras más alrededor de él, en la arena. Una b, una e, una h, y otras más. Abejorro miró al cielo y vio sorprendido que sobre él se extendía una gran nube que le recordaba a un algodón dulce enorme con sabor a arándano, vainilla y limón. Pero de la nube no caían gotas coloridas, como habría sido de esperar, sino un sinfín de letras diminutas. Abejorro movía la cabeza asustado, temiendo que se tratara de un ataque de extraterrestres, pero no vio ninguno– o si lo vio, no lo reconoció; ya que nadie puede imaginar cómo son los extraterrestres, es posible que sean como un puñado de polvo. Sin embargo, el número de las letras aumentaba cada vez más.

Ya había algunas un poco mayores, tan grandes como un haba. Es más, las mayúsculas, la A, la S y la K, eran realmente de un tamaño notable, tan grandes como una caja de cerillas, y como caían de bastante alto, dolía un poco cuando se estrellaban contra su cabeza y sus hombros.

Abejorro se refugió debajo de la sombrilla de rayas y desde allí esperó, a ver dónde iba a parar todo eso. En la playa cundió el pánico, los vendedores de gafas de sol descalzos correteaban asustados de un lado a otro, las amas de casa salían apresuradas para recoger rápidamente los pantalones, las braguitas y los calcetines que se balanceaban sobre las cuerdas de tender ajustadas entre los rascacielos, las ropas de colores se arremolinaban en el viento recién levantado.

Ratatata, plif-plaf, las letras llovían alrededor de Abejorro y empezaron a formar líneas en la arena. Mientras las miraba, de repente lo comprendió todo. –¡Pero si esto se puede leer! –exclamó atónito. Claro que estaba sorprendido, ¿recordáis?, en estos tiempos no había letras, o sea, tampoco sabía leer nadie. Pero Abejorro, de alguna forma logró poner las letras una detrás de la otra mentalmente, y vio que formaban en la arena estas palabras: behAsKi; lo que, claro, no tiene ningún sentido. Pero Abejorro estaba tan maravillado por su nuevo descubrimiento que esto no le molestaba para nada. Recogió algunas letras y empezó a ordenarlas. Mientras tanto terminó la lluvia de letras y salió el sol. La nube de color azul marino, amarillo sol y verde menta siguió su camino y la gente de los rascacielos se volcó hacia la playa.

Todos se agruparon en torno a Abejorro que entretanto ya había compuesto varias líneas de letras sobre una tumbona y las leía a los demás que, mientras escuchaban las frases que iban tomando forma, se rascaban la cabeza y, perplejos, se apoyaban en un pie.

Después ayudaron a Abejorro a recoger las letras. Lo cual les costó bastante tiempo, porque había entre ellas algunas muy pequeñas. Los niños gritaban si encontraban una más y las tiraban en un balde de playa grande y azul.

Luego Abejorro se llevó sus tesoros a casa y se pasó horas y horas ordenándolos, hasta que no formaran palabras con sentido y cuentos completos. Con cada línea nueva nacía un nuevo cuento, que después leía a los niños, y más tarde a los adultos; porque a los adultos también les encantan los cuentos, sólo que los de ellos normalmente tratan de asesinatos. Abejorro pegó las letras sobre un papel y guardó los cuentos; de esta forma, ya no tenía que recordarlos todos.

Así es como Abejorro se hizo un gran escritor, el primero de ese mundo de antes. Yo también fui una de los niños que le ayudaron a recoger las letras, y este cuento se lo he escuchado a él.

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