Helier Batista – Ottó Kiss: La ciudad de los peces

El Proyecto Internacional de Cuentos Allende Los Mares

Traducido por Gabriella Zombory
Revisado por Oscar Godoy

Las habitaciones de una casa y de una guardería tienen mucho en común, pero también hay muchas diferencias.
Uno de los parecidos es, por ejemplo, que a veces todo es muy bueno en los dos lugares, pero otras veces todo es muy malo. Otro parecido es que en la guardería, y en casa también, hay que acostarse a dormir la siesta incluso si uno no tiene sueño. Y las paredes están llenas de imágenes en los dos lugares. Pero la diferencia es que las imágenes de la guardería las dibujaron, o cortaron, o pegaron los niños, mientras que las de casa las hicieron pintores de verdad; menos las fotos, porque las fotos no las hacen los pintores.
Una diferencia más es que los dibujos de la guardería los cambian a menudo, pero los cuadros de casa siempre son iguales. En casa pocas veces se pone alguna foto o un cuadro nuevo en la pared, para un cumpleaños o un santo, pero no por eso desaparecen los cuadros anteriores.
Ocurre muchas veces que por la tarde, a la hora de dormir, Anabé se queda despierta, tumbada sobre la cama.
En la guardería su cama está enfrente de la ventana. Si mira a través de ella ve tejados y torres y, a ambos lados de la ventana, cortinas verdes. Si en su imaginación sale volando entre las dos hojas de las cortinas, se encuentra en las calles de la ciudad. Puede entrar a hacer las compras en la tienda, ir a la plaza a columpiarse, empujar el cochecito del bebé, puede llamar a los patos que están nadando sobre el agua, o ponerse de cuclillas para mirar mariquitas, hormigas y chinches.
En cambio sí está en casa, en su propia cama, no ve más que la pared vacía. Porque en esa pared no hay nada. Es decir, hasta ahora no había. Pero hoy mami ha traído una pintura interesante y la ha colgado en la pared de Anabé, a pesar de que no es el cumpleaños de la niña ni el día de su santo.

Ilustración de Helier Batista, artista cubano

Ilustración de Helier Batista, artista cubano


El cuadro se parece algo a la ventana de la guardería. No sólo por su forma, sino también por los tejados y las torres que tiene en el centro. Pero si Anabé imaginara entrar volando en este cuadro, no se encontraría en la calle, sino en una ciudad submarina.

Porque en la pintura no hay aceras, sino mucha agua y peces. Eso es bastante interesante. Y también que los dos árboles se parecen mucho a las cortinas verdes de la ventana en la guardería.
Anabé entra en el cuadro entre los dos árboles, pero al llegar ya no está volando, sino nadando. Mami nada junto a ella. Pueden ver la tienda, la plaza con los juegos y el parque. Pero esta ciudad no está poblada por adultos y niños, sino por peces pequeños, peces medianos y peces grandes. Peces de tantos colores y tantos tipos que no es posible contarlos. Y no hablan como las personas. Debajo del agua no se escucharía qué se dicen el uno al otro, por eso prefieren abrir y cerrar la boca sin parar. Uno de los peces abre y cierra la boca, y el otro pez sabe perfectamente en qué está pensando.
–Antes de la guardería tenemos que ir a la panadería y la frutería –dice mami abriendo y cerrando la boca varias veces mientras viajan en el autobús submarino.
Anabé no entra en la panadería con mami, la espera en la calle. Mientras tanto mira hacia arriba, al sol. Ve los patos desde abajo, ve cómo nadan sobre la superficie del agua. Es decir, no ve todo el pato, sólo su vientre y sus patas membranosas. Eso también es bastante interesante.
–Un plátano, por favor –dice ahora Anabé abriendo y cerrando la boca, porque a la frutería entra sólo ella.
El dependiente mira a Anabé a los ojos, no tiene que abrir la boca, la niña sabe qué le pregunta:
–¿Cómo lo quiere? ¿Pequeño o grande?
–Un plátano más bien pequeño –dice Anabé abriendo y cerrando la boca–. Es para mi muñeca. –Agrega en pensamiento para que el dependiente comprenda por qué basta con uno más pequeño.
–Vale –contesta el dependiente abriendo y cerrando la boca–. Aquí tiene. –Le entrega el plátano y le pregunta mentalmente: – ¿Algo más?
– No, gracias –responde Anabé abriendo y cerrando la boca y vuelca un puñado de escamas de peces plateadas sobre el mostrador. El dependiente calcula el precio del plátano y cambia el resto del dinero por otra escama del color del arcoíris.
– La vuelta. – Agrega abriendo y cerrando la boca.
A Anabé le encanta la escama color arcoíris, la ensarta en su pulsera, entre los otros adornos brillantes, y después sale nadando de la tienda y pela el plátano. Entretanto, mami cuidaba del cochecito de mimbre.
Anabé mete el plátano en la boca de la muñeca, y se da cuenta de que en realidad es su mono de peluche favorito. Últimamente ha cambiado la muñeca por él, lo pasea y lo lleva a la guardería para dormir juntos.
Al llegar quiere darle la medialuna que mami ha comprado en la panadería, pero el mono ya no tiene hambre. Está cansado, así que lo acuesta en la cama de la guardería y luego se tiende a su lado. Pero no duerme mucho, se despierta enseguida.
Al mirar a su alrededor nota la pintura nueva en la pared, y ve que en la mano no tiene una medialuna, sino su mono de peluche favorito con su plátano de peluche. Comprende entonces que no ha dormido en la guardería, sino en su propia cama. Entonces oye la voz de mami:
–¡Buenos días, Anabé!
Buenos días, piensa Anabé, pero no lo dice, sólo abre y cierra la boca. Mami sabrá lo que está pensando.
–¿De dónde tienes esa escama tan bonita?
–¿La moneda de peces color arcoíris? –pregunta Anabé – ¿No te acuerdas? ¡Me la dio el dependiente de la frutería!
Luego recuerda que todo eso ha sido un sueño.
¿O no?
Vuelve la mirada a la pulsera. El adorno realmente está allí.
Se tiende de nuevo sobre su cama con satisfacción para observar la pintura una vez más. Es un cuadro bueno, le gusta. Desde hoy, si tiene ganas, sólo tendrá que acostarse, mirarlo y en un instante estará en la ciudad de los peces.

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