Marcela Calderón – Bálint Korom: El sueño de Gigantito

El Proyecto Internacional de Cuentos Allende Los Mares

Traducido por Eszter Kondász, Bettina Susánszki
Revisado por Oscar Godoy

Érase una vez un elefantillo pequeño, Gigantito, que vivía con sus padres en medio de la jungla. Pasó una vez, por la mañana, que el chillido fuerte de los monos que se columpiaban en las lianas de los árboles altos despertó a Gigantito. Entonces se puso de muy buen humor y, para no quedarse al margen de la diversión, echó a correr para probar él mismo el columpio. Sin embargo, no podía colarse entre los monos para llegar al árbol. Cuando por fin lo consiguió, se agarró valientemente a una liana que se balanceaba hacia él, pero tan pronto como se lanzó, ¡puf! La liana se partió al instante. Los monos se desternillaron burlándose del pobre elefantillo.
Gigantito se quedó sin palabras, aunque estaba terriblemente enrabiado bajó la trompa. Y resolvió por eso mismo que se columpiaría; es más, se buscaría amigos de verdad. Resolvió marcharse hasta que su sueño no se hiciese realidad.
Puso en su zurrón unas galletas elefante, agua y por supuesto heno. Y partió, aunque ni él mismo sabía hacia donde. Iba paseando tras su trompa, cuando en un momento divisó algo terrible. ¡Aparecieron unos ruidosos coches rojos chillando, tocando la sirena porque un bosquecillo estaba ardiendo! Gigantito, ni corto ni perezoso, se apresuró a un lago cercano, sorbió hasta llenar su trompa de agua y fue a rociarla sobre los ardientes árboles. Los bomberos al principio creyeron que quería atizar el fuego, y por eso lo detuvieron, pero luego repararon en su trompa hinchada de agua y, por fin, le dejaron entrar y él valientemente extinguió el incendio. Cuando consiguió extinguir las llamas, Gigantito observó un ratoncito empapado.

Ilustración de Marcela Calderón, artista argentina

Ilustración de Marcela Calderón, artista argentina

–¡Oh, tú, pequeñín! ¿Perdiste tu casa? –preguntó.
–¡Sí! Y ahora no sé qué hacer. –Se lamentó el ratoncito–. ¿Qué va a pasar si nos vamos por el mundo?
–¡Pero que suerte divina! –clamó Gigantito–. Precisamente yo también voy por el mundo. Me vendría muy bien un buen amigo.
–¿Puedo acompañarte? Siento tanta curiosidad por saber qué hay más allá del bosque, y además nunca he tenido un amigo tan colosal –chilló el ratoncito.
Así el ratoncito se situó en la gigantesca espalda de Gigantito, y cuanto más tiempo pasaban juntos mejor se llevaban. En una ocasión llegando a una ciudad, oyeron una voz llorosa:
–¡Socorro! ¡Estoy atrapado! ¡Que alguien me rescate por favooor!
Se preguntaron quién podría ser y de dónde vendría la voz, por fin comprendieron que el gimoteo venía del canalón.
–¡Espere un poco! En seguida le aspiro fuera de aquí. –A Gigantito le espoleó notar que estaba en peligro. Dicho esto, metió su trompa en la tubería esforzándose, y aspiró hasta que al final del canalón un minino cayó al suelo.
–¡Miauuuu! ¡Pero que oscuro estaba ahí dentro! ¡Gracias por haberme liberado! Tal vez haya comido demasiado, porque antes cuando me deslizaba hacia por aquí abajo siempre podía salir.
–Pues ahora te ha pasado como a Winnie the Pooh en la madriguera. –Sonrió el elefante–. ¿Quieres venir con nosotros a ver mundo? Si prometes llevarte bien con mi amigo, puedes sentarte en mi espalda.
–¡Claro que sí! –Ronroneó el gatito–. ¡No le pondré una garra encima! Tampoco suelo comer ratón –maulló algo ofendido.
Así siguieron deambulando los tres hasta el anochecer.
–¡Mira! ¡Una arboleda! ¡Pasemos la noche allá entre los árboles y arbustos! – recomendó el elefantillo.
Todos estaban agotados por el viaje, no se opusieron. Se tumbaron y durmieron.
Por la mañana Gigantito se despertó notando a alguien saltando sobre su barriga.
–¡Ayayayayaay! ¡Jijijiji! ¡Para ya! ¡Es donde tengo más cosquillas! –pidió al conejo que rebotaba dando saltos sobre su estómago.
– Oh, lo siento. No quería despertarte –explicó el conejo–. Confundí tu estómago con un trampolín…
–Sí, ya me he dado cuenta –masculló el elefante. Acarició la traviesa cabeza del conejo y sintió su piel suave.
Empezaron a hablar mientras los otros también se iban despertando y contaron que brisa les había llevado hasta ahí. El conejo escuchó sus historias pensativamente, y de repente exclamó:
–Conozco cerca de aquí un parque en el que hay un sinfín de juegos: tobogán, arenero, tiovivo, barras, tirolina, columpio…
Gigantito saltó de emoción.
–¿También hay columpio?
– Claro, sin él un parque no es un parque.
–Va, ¿pues vamos? –dijo el elefante con impaciencia–. ¿Dónde está exactamente este parque?
–Está a más o menos dos calles de aquí, por allí. –Mostró el conejo.
El grupo se lanzó levantando el polvo. En un momento llegaron al parque. Se quedaron con la boca abierta, maravillados, en su vida habían visto tantos juegos juntos. No sabían por dónde empezar. Luego, todos se lanzaron hacia sus juegos favoritos: Gigantito hacia el columpio, el conejo hacia el trampolín, el gato hacía la pista de cuerdas, el ratoncito hacia la rueda. El elefante cogió el columpio, que, de maravilla, no se rompió. Sin embargo, por desgracia, no podía impulsarse. Sus amigos se dieron cuenta de eso y se apresuraron a ayudarle.
–¡A la de tres empujamos con todas nuestras fuerzas!
El esfuerzo dio fruto: el columpio se balanceó y Gigantito voló riendo y alegrándose. Los miembros del grupo sintieron que su corazón llenó de calidez. Pensaron que no iban a olvidar nunca este día. Pasaron muchas aventuras juntos y mantuvieron la amistad para siempre.

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