Rosi Aragón – Kinga Tóth: Ladrón de la Luna y Chica Chupete

El Proyecto Internacional de Cuentos Allende Los Mares

Traducido por Eszter Kondász, Bettina Susánszki
Revisado por Oscar Godoy

El pato robó la luna, seguro que la robó. La pegó de nuevo al cielo y desde allí nos alumbra, pero él puede quitarla cuando quiera y puede llevársela para sí mismo a su casa. Ni siquiera es una luna, ya que su color es marrón adobe y su cara es redonda tal y como la mía o la tuya. Ni siquiera es una luna, sino una chiquilla sonriente como una manzana silvestre, como el abuelo decía siempre.
Pero, ¿cómo robó el pato la luna? ¿Cómo es que la robó y se la metió en el bolsillo?
El señorito pato se encaminaba al baile, cuando recibió una invitación perfumada: «Aún no tengo a nadie, para que en la fiesta me acompañe. Sea usted tan gallardo y amable, sea mi pareja de baile.» Eso era todo; eso y la fragancia a delicioso chupete de fresa. Al señorito pato le gustó el olor, y no lo le hizo ascos, nada de eso, prefirió ir hacia el lago: «Son las cinco, tengo dos horas más para ponerme guapo, usar gel para que cada fibra de mi plumaje esté reluciente, abrocharme bien la chaqueta y ya todo en orden me voy y ayudo a la Chica Chupete.» –el pato la llamó así para sí mismo. Antes la llamó Olor de Fresa, pero luego pensó que no era apropiado llamarla así, porque iría a bailar un vals con ella y, por tanto, eso no sería una simple pato-fiesta, sino una fiesta elegante.
Arregló su pico, planchó su chaqueta con la ayuda de Mamá Pato porque él mismo no podía hacerlo con mucha habilidad. «Salgo decidido, no hay que ser patoso. Llevaré un chupete de fresa para que me recuerde al perfume y a la que encuentre una chica que huela a fresa, me la llevo.» –decidió el pato que en diez minutos podría llegar al Pato-Salón de Baile donde se celebraba la fiesta, ya que estaba muy cerca. A las siete y media ya hubiera podido dar tres vueltas a la pista de baile, si el rayo de la luna no hubiera alumbrado la calle y si el pato no hubiera elevado sus ojos a la izquierda a dos pasos antes de llegar al salón.

Ilustración hecha por Rosi Aragón, artista mexicana

Ilustración hecha por Rosi Aragón, artista mexicana

Sin embargo, el pato elevó sus ojos al cielo y se dio cuenta de que la luna era la chica de cara bonita, redonda, marrón y radiante como una manzana. Era la luna la que la había engañado con una invitación falsa y que ahora se reía en su cara. Con voz zumbona le decía tronando: «no tengo a nadie que me acompañe. Sea usted tan gallardo, sea mi pareja, la la la la, sea mi pareja, patito tontito.» Incluso el perfume tan dulce, vaya, el pato se enfadó, se puso rojo hasta la punta de sus plumas, «la carirredonda se burla de mí repicando en mis orejas mientras yo ardo de ira en mis preciosos zapatos de baile aquí ante la discoteca. ¡Vas a ver, maliciosa fresita, ya sé que voy a hacer!». Dobló ambas patas, dio un gran brinco, atrapó a la luna mordaz de un salto y la pegó sobre el chupete de tal modo que quedó en el asa. «¿Qué? ¡Sé insolente ahora en mi mano! No te sirve ahora ser tan luminosa, cabes aquí en mi bolsillo trasero, ahí te meto si no te comportas. Así les va a los deslenguados.»
Se quedó en silencio el extremo del chupete, ya no era tan bocazas la chica chupete, la luna, parecía afectada por haberse reído del pato de esa manera «Bien, es cierto, no fue una buena broma si te ha enrabiado tanto. En realidad me hubiese gustado bailar, pero en fin, soy la luna… Sentía envidia de los demás y tú eres tan bueno, pensaba que si te tomaba el pelo me sentiría mejor yo también. Pero no funcionó, ahora estoy aquí sentada en el asa del chupete y estoy de morros como tú. Va, no te enfades, lo arreglaré, sólo dime qué hacer.» El pato era un buen chico, no de estos rencorosos, y listo también. Se le ocurrió una idea y al minuto la puso en práctica: «Pues, si ya estamos ambos aquí, deberíamos ver cómo va esta farra, aquí en el palo te puedo agarrar. Te comerás lo que has preparado que te llevo dentro a bailar el vals. » Sabía que eso no era un castigo ya que ese era el anhelo secreto de la luna, finalmente entraron ambos en la pato-juerga. Bailaron mucho, se rieron, llegaron a ser buenos amigos y el pato prometió que si la Luna le volvía a escribir, doblaría las patas, daría un gran brinco, la pasaría de nuevo al chupete y entonces la pista de baile sería para ellos dos toda la noche.
Pues, así es como el pato robó la luna, así la volvió a pegar y puede y cuando quiera puede llevársela, en cuanto haya una danza en la sala. Desde aquel momento la Luna sonríe, su color sigue siendo igual de marrón, y su cara igual de redonda, como la mía o la tuya. Y tampoco es la Luna, sino una chiquilla sonriente como una manzana silvestre, una Chica Chupete con olor a fresa.

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